Herejías divulgativas

La Astronomía es una de las ciencias con mayor seguimiento en los medios de comunicación, pero ¿se publican aquellas de verdadero interés o solo las más sensacionalistas?
Si nos atenemos al número de noticias que aparecen en los medios de comunicación, el interés del público por la Ciencia se centra en los temas de Salud, seguidos de lejos por la Astronomía y el Medio Ambiente. La presencia de la Astronomía en esta lista resulta sorprendente pues, al contrario que la Medicina y la Ecología, sus resultados no influyen demasiado en la forma en que vivimos. Quizá por ello, el trato que recibe la Astronomía en los medios se distingue del que se dispensa a otras ciencias más «serias», pues mientras que una ligereza en la información sobre cuestiones sanitarias constituye una grave irresponsabilidad, el tono ligero con que suelen abordarse las cosas de la Astronomía puede ayudar a hacerla más comprensible y atractiva para el gran público.

A comienzos de año, los astrónomos estadounidenses y las instituciones científicas que los emplean celebraron en Washington su tradicional reunión anual. Este encuentro suele coincidir con una sobrecarga de información astronómica en las redes de las agencias de noticias de todo el mundo. Los mecanismos que permiten a una simple nota de prensa llegar a las portadas de los periódicos o al comentario optimista que cierra un telediario son complejos pero, en general, las noticias astronómicas que alcanzan la meta reflejan bastante bien los intereses del público. En el «hit parade» de la Astronomía popular figuran las noticias de carácter fallero (el agujero negro más grande o galaxias que se devoran unas a otras), intimidatorio (un asteroide que podría rozar nuestro planeta) o indirectamente religioso (posibilidades de vida extraterrestre o las últimas noticias sobre el origen y evolución del Universo).

Pero, este año, la noticia estrella de la reunión quedaba fuera de caminos tan trillados. A través de una peculiar nota de prensa, investigadores de la Universidad John Hopkins anunciaban haber determinado el color del universo, o al menos el que veríamos si juntásemos la parte visible de la radiación que emiten todas sus estrellas. Los autores de la nota reconocían que el hallazgo era un subproducto de su investigación sobre la formación de estrellas en un conjunto de doscientas mil galaxias relativamente cercanas. La combinación de la luz predominantemente roja de las estrellas más viejas y del azul de las más jóvenes daría como resultado un verde pálido cuya descripción oscila entre el azul turquesa, el aguamarina o el verde esmeralda. Sin embargo, a mediados de marzo los mismos investigadores emitían un nuevo comunicado en el que reconocían haber cometido un error en su primer trabajo. El color medio del Universo no sería el verde, sino un crema pálido cuya percepción podría variar en función de la luz ambiente en la que estuviese inmerso el observador.

Algunos profesionales de la Astronomía y el periodismo científico consideran que la difusión de este tipo de noticias constituye una frivolidad sensacionalista. Sin embargo, el caso del «Universo verde» es un buen ejemplo de cómo interesar al público y mostrar no sólo los resultados de una investigación, sino también los entresijos de la práctica científica. Los planteamientos abiertos permiten exploraciones divergentes que nos llevan a contar, por ejemplo, que todo lo que sabemos del Universo se debe al prejuicio razonado de que éste es igual en todas partes, incluso a distancias tan lejanas que hasta la imaginación se agota al pensarlas. También se plantea la cuestión de que las estrellas, aunque parezcan de un único color, emiten radiaciones electromagnéticas de todo tipo: ondas de radio, microondas, luz infrarroja, visible y ultravioleta, rayos X y rayos gamma. Y que su color, como el del hierro en la forja, sólo depende de la temperatura a la que se encuentran.

Pero lo más interesante del asunto es la forma en que unos investigadores que ya han alcanzado cierta notoriedad reconocen públicamente y sin dramatismo que han cometido un error. De este modo, la opinión pública puede ver en directo cómo funcionan los mecanismos de autocorrección de la Ciencia, que permiten que cualquiera, con independencia de su prestigio académico, ponga en tela de juicio las «verdades» del momento. La única exigencia para participar en el juego es respetar el rigor del método científico y someterse a la crítica libre y objetiva del resto de la comunidad de investigadores. ¿No creen que esta actitud resultaría muy productiva si se aplicase a la resolución de otros problemas a los que se enfrenta nuestra sociedad?

Artículo aparecido en el suplemento Milenio del diario Heraldo de Aragón. Texto reproducido con permiso expreso del autor.